Prologo de la solicitud de la Feria “Fiesta de interés turístico regional”.

Dos acontecimientos, lejanos en el tiempo, marcan definitivamente la Historia de Urda y de sus gentes.

Uno tiene lugar el treinta de abril de mil quinientos noventa y seis. Tres urdeños, Antón Lucas, Gabriel Núñez y Blas Ruiz, se desplazan a la ciudad de Toledo, representando a la Cofradía de la Vera Cruz, para encargar a Luis de Villoldo la realización de una imagen procesional de Cristo con la Cruz a Cuestas.

Seguro estoy que estos hombres nunca llegaron a sospechar que esa imagen, “Cristo con la Cruz a Cuestas”, iba a cambiar radicalmente la vida de las gentes de este apartado rincón toledano. Tampoco pensarían que esta Imagen llegaría a ser, incluso para los que dicen que no creen, así como para los creyentes, hombres y mujeres de toda la mancha, fiel reflejo del Dios Verdadero. Asombrados y recompensados, estos tres urdeños, habrán podido contemplar, desde lo “alto”, los miles y miles de peregrinos que han acudido, a lo largo de estos cuatro siglos, para tocar el manto, su carroza o simplemente elevar una súplica, una acción de gracias, con una fe que, si en principio era titubeante, termina calando en lo más profundo de sus corazones. Tan profundo que esta fe se ha transmitido de padres a hijos, de tal manera que hoy son multitud los que, cada veintinueve de septiembre, se encuentran con esta Talla salida de las hábiles manos del imaginero Luis de Villoldo. En Ella ven al Dios Verdadero, al Padre que cuida y atiende cuantas súplicas y ruegos traen a sus pies, al Amigo que, en momentos de desesperación, tiende su mano para aliviar la angustia. Todos los que a lo largo del año, muy especialmente en los albores del otoño, dirigen su caminar al Santuario, buscando el apoyo de la esperanza, llevan dentro de sí a Dios con la Imagen del Cristo con la Cruz a Cuestas, del Cristo de la Mancha.

¡Vuestro viaje a Toledo y el precio pagado por esta Talla, cuatrocientos reales de plata, bien mereció la pena!

Otro acontecimiento, tan reciente que me ha tocado vivirlo, tuvo lugar el veinte de septiembre de mil novecientos noventa y dos.

Y es otro urdeño, Cecilio Mariano Guerrero Malagón decide hacer realidad algo gestado, seguramente, desde la navidad de mil novecientos veinticuatro, momento en que abandonó la tierra que le vio nacer para iniciarse en el difícil y, a veces incomprendido, mundo del arte, la Pintura, actividad que fue la razón de su existencia.

Mariano, como aquí le llamábamos, movido por el amor a su Cristo y a su Pueblo, en acto de generosidad suprema, entrega “toda una vida”, plasmada en esos cuadros que había atesorado, renunciando a placeres materiales que le hubieran proporcionado su venta, rehusando a bienestar y vida fácil, para que su patrimonio pase a ser ofrenda y símbolo de fe, fe inculcada por sus padres en el tierno corazón de niño y madurado por el paso de los años.

Su Obra y su Cristo unidos para la eternidad.

De la misma manera que no podía pasar sin “su Cristo”, a quien todo se lo entregó, tampoco podía pasar sin algo que ha marcado toda su vida: el poder de crear.

La creación fue para Mariano un “vicio incorregible”, una convivencia con la vida secreta, cualidad que le permitía apartarse del mundo circundante, que borraba su angustia, que le aportó equilibrio y que, sin ella, no pudo pasar. Fue el palomar al que regresaba a todo vuelo y, al punto, se volvía a encontrar consigo mismo.

La hoja de papel, el lienzo, losas blancas por donde descendía al interior de sí mismo. Inmersiones refrescantes fueron para él los pigmentos escalonados que el pincel, guiado por su inspiración, dejaban tras de sí.

Sí, todos estos receptáculos fueron inestimables asilos. Pero hubo también largos días de sufrimiento, superados por la fe que le unió a su Obra.

Su Obra, colocada en ese magnífico Museo levantado con las ofrendas de tantos y tantos peregrinos, es una página importante de la historia del Cristo y de su Pueblo, Urda.

Dos razones suficientemente importantes para que este peregrinar, esta participación en la Feria y Fiestas que se celebran en honor a nuestra Santo Patrón, El Cristo de la Mancha, sea cada año más multitudinaria.

Jacinto Soto Soto
Mayordomo