SALUDO A LOS PEREGRINOS D. ANTONIO DORADO SOTO

EL CRISTO NOS ENSEÑA Y NOS AYUDA A SER HUMANOS

Aún resuenan los ecos de la Jornada Mundial de la Juventud. Convocados por el Papa Benedicto XVI, han acudido jóvenes de todos los rincones de la tierra. Lo suyo no ha sido un viaje de turismo, sino una búsqueda apasionada de Cristo. Para encontrarse con Él han contado –hemos contado, pues yo mismo he sido un peregrino más- con las sabias palabras del Papa, que nos ha invitado a conocer a Jesucristo con la inteligencia y con el corazón; a descubrir su presencia en nuestra vida; y a tomarle por modelo para crecer como personas y ser hombres cabales. O como dice el lema de las Jornada, a “vivir arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (Col. 2, 7)

Al celebrar las fiestas del Santo Cristo de Urda me siento llamado a compartir con todos algún rasgo de la personalidad de Jesucristo, que he meditado durante esos días, aun siendo consciente de que es imposible agotar “las insondables riquezas de Cristo” (Ef. 3, 8), pues nadie, por muy experto y devoto que sea, logrará comprender y proclamar “la anchura, la longitud, la altura y la profundidad” de su entrega amorosa, porque “el amor de Cristo sobrepasa todo conocimiento” (Ef. 3, 18-19). Sabedor de esta limitación, me voy a fijar en uno de los rasgos que mejor distinguen a Jesucristo, según algunos autores del siglo pasado: fue “el hombre para los demás”.

Se presentó a sí mismo como “el servidor de la mesa”, y su existencia entera fue una pro-existencia, un vivir desde el otro, con el otro y para el otro. Es el ejemplo más logrado de amor a todos, especialmente a los pobres y a los abandonados. Llamó la atención poderosamente su cercanía a los sencillos, a los marginados, a los enfermos que pedían limosna en la calle, e incluso a la gente de mala reputación.

Cuando daba la mano a los leprosos, se invitaba a comer en casa de un pecador público y pedía un vaso de agua a una mujer samaritana, provocaba la admiración y el escándalo de los que consideraban a las tradiciones religiosas judías como único camino correcto para cumplir la voluntad de Dios. Jesucristo, siempre respetuoso con la Ley, decía que el verdadero espíritu de la Ley y de las tradiciones descansa en el amor a Dios y al hombre (Mc 12, 28-32). Un amor que discriminaba a favor de los que socialmente no significaban nada, porque carecían de poder, de dinero, de fama y, con frecuencia, de salud. No amaba a las personas por lo que tenían ni por el cargo que ocupaban, sino por esa dignidad de todo ser humano que hace a un paralítico tan importante como a un atleta, y a un mendigo, igual que el rey.

Su amor fue realista y consecuente; fue un amor tan incondicional que le llevó a la cruz. Especialmente cuando los judíos advirtieron que se apoyaba en Dios para justificar su conducta: cuando afirmó que Dios antepone, en su amor, a las prostitutas y a los publicanos; cuando empezó a mezclarse con los pecadores, para hablarles de la misericordia y del perdón; y cuando dijo que los pobres son los preferidos de Dios y que Dios nos va a juzgar por la manera en que los hayamos tratado (cf. Mt 25, 31-46). Los judíos de su tiempo no aceptaban esa imagen de Dios que antepone los “pecadores” a los “justos”; y los pobres, a los ricos. Era un Dios que subvertía su mundo de valores y su manera de entender y de vivir la religión. Pero, al mismo tiempo, veían que Dios estaba con Jesucristo, como ponían de manifiesto los milagros. No comprendieron que sólo el amor apasionado a su Padre podía explicar su amor novedoso y provocador a todos; y que es la fidelidad a Dios la que nos “capacita para el ‘servicio hacia abajo’; para el servicio radical y sin reacciones adversas, para el servicio abnegado”.

En los Evangelios se multiplican los ejemplos de este amor de Jesucristo. Dejaba que los leprosos se acercaran a Él y le tocaran; permitía que una mujer de mala fama le ungiera los pies públicamente; se acercaba a un paralítico que pedía limosna junto a la piscina de Siloé y le curaba; y se llegó a jugar la vida, saliendo en defensa de una mujer que habían sorprendido en adulterio e intentaban apedrear. Y lo más impresionante, en la cruz, cuando estaba agonizando, llegó a pedir a Dios por los que le habían torturado, le habían condenado a muerte y se estaban burlando de Él, pues, según dijo, lo hacían por ignorancia.

Su vida fue un desvivirse por todos; y no encontramos en Él ningún resquicio de egoísmo. Pero el suyo, lejos de ser un amor que creara dependencia, era un amor que liberaba y ayudaba a la persona a aceptarse a sí misma y a ser libre. De Él se ha escrito lo más llamativo que se puede afirmar de una persona: “Pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10, 38). Es una preciosa síntesis de la actitud vital de Cristo, el hombre de Dios y el hombre para los demás, que nos enseña otra manera de existencia y que nos capacita para ser profundamente humanos, hombre y mujeres de una pieza.

Antonio Dorado Soto.
Obispo emérito de Málaga.

La Fe es el camino